sábado, 27 de febrero de 2010
sábado en San Carlos
Durante aquel día Laura se sintió en el paraíso. Allí, nadando entre bebés con pañal sucio y mujeres obesas suplicando una mejor opción, se olvidó de todo. En el agua, mezclada con orines de niño y cenizas de Delicados, el tiempo no corría. Ese día no pareció tal. No hubo mañana, no hubo ocaso, no hubo noche. Sólo una extraña reconciliación con el universo. Las horas se expandieron al punto en que reventaron, y el vació de la conversación se encargó de hacer desaparecer todos los restos. Aquel fétido olor, aquel aroma amargo, resultado de la insalubre combinación de tacos de canasta, crema Nivea y brandy Bacardí le llenó por completo los pulmones, y por momentos sentía que dejaba la tierra, que sus brazos se agitaban y que podía elevarse por encima de todos los niños, y los ancianos pálidos de cuerpos sin forma, y las chaparritas prietas que se broncean con la panza mirando al firmamento. Aquel era el cielo del Dante. Mejor era no acordarse de nada. La belleza agota a los que no la tienen. La vulgaridad es cómoda, como un rayo de sol sobre las estrías y el ungüento contra quemaduras.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario